Callada, lo miré fijamente. Ese patán era un completo vulgar. Me aguanté las ganas de responderle y, con los ojos llorosos, miré a la señorita Alma.
—Señorita Alma, ¿qué me preguntaba?
Ella me miró de arriba abajo, como si quisiera ver si estaba herida. Un momento después, sonrió.
—Te preguntaba si quieres seguir a Darío, el entrenador. Si no quieres, iré a hablar con el señor Felipe…
—¡Bah, para qué hablar! —gritó Darío con voz ronca—. El señor Felipe ya me la entregó delante del señor Pedro. A