Él le agarró la mano a Sofía y le susurró:
—Sé que tienes buen corazón, pero esas cosas déjaselas a los empleados.
Obediente, Sofía asintió y le respondió en lengua de señas: "Lo entiendo, perdón".
Pedro sonrió, la acercó suavemente hacia él y suspiró:
—¿Por qué siempre pides perdón? No tienes por qué disculparte conmigo.
Sofía cerró los ojos despacio, llena de sentimientos encontrados que rebosaban de su semblante delgado.
—Pórtate bien, ve a jugar. Yo tengo que hablar un asunto con este hombre