—Soy una completa inútil, y lo digo muy en serio, soy muy inútil.
La señorita Alma se agachó despacio. Sus dedos pálidos me tocaron suavemente la mano con la que yo agarraba su falda. Sentí un escalofrío; no era una sensación precisamente cálida, sino más bien seca y pesada, como si unas ramas me estuvieran apretando la muñeca.
—¿Inútil? —me sonrió, con una mirada que me llegó al corazón—. ¿Quién nace siendo fuerte? ¿No ves que a mí también me engañó un hombre? Me castigaron los viejos de mi familia y estuve a punto de perder la vida.
Me quedé sorprendida y, al mismo tiempo, sentí algo de pena por ella. Aunque dijo esas palabras como si no le importara, me imaginé perfectamente todo el sufrimiento que tuvo que aguantar en ese entonces; con razón lo odiaba tanto. Ella me secó con los dedos las lágrimas que todavía tenía en la mejilla, con un toque que parecía de cariño.
—No es que seas inútil, es que no tienes a nadie que te cuide. Tu hombre no te toma en serio; dijo que te iba a dejar