—Soy una completa inútil, y lo digo muy en serio, soy muy inútil.
La señorita Alma se agachó despacio. Sus dedos pálidos me tocaron suavemente la mano con la que yo agarraba su falda. Sentí un escalofrío; no era una sensación precisamente cálida, sino más bien seca y pesada, como si unas ramas me estuvieran apretando la muñeca.
—¿Inútil? —me sonrió, con una mirada que me llegó al corazón—. ¿Quién nace siendo fuerte? ¿No ves que a mí también me engañó un hombre? Me castigaron los viejos de mi fam