Sentí que se me erizaba la piel de golpe y grité con mi voz desgarrada:
—¡No me toquen!
Mi cuerpo tembló por instinto; el miedo me oprimía el pecho y sentía que el aire se me iba.
Pero tenía las manos y los pies amarrados con cuerdas gruesas: cuanto más luchaba, más se apretaban los nudos, y el dolor en las muñecas me llegaba hasta los huesos.
Lo que me terminó de ahogar fue sentir cómo varios de esos hombres me tomaban de los hombros.
Alguien hasta me jaló con brusquedad del cuello de la ropa.