Waylon iba al final, dando instrucciones a sus hombres para que recogieran el lugar. Sus movimientos no hacían mucho ruido, pero lo dejaron todo listo con rapidez.
Cuando subimos al auto, la señorita Alma se sentó pegada a mí. Yo, por instinto, me hice a un lado y giré el cuerpo hasta apoyar la mejilla contra el vidrio frío; solo así logré contener esa opresión difícil de explicar que se me quedaba atorada en el pecho. Yo sabía que, en efecto, no tenía ningún derecho a enfadarme. Pero aun así, p