La miré y me perdí en ella, absorta, apenas una silueta que se me desdibujaba; en ese instante sentí que se le escapaba una tristeza, algo que flotaba en el aire.
Entonces, ¿qué había pasado de verdad entre Henry y ella?
Era obvio que sabía lo que Henry sentía; por eso la hostilidad, el fastidio tan marcado, esa forma de tratarlo que se volvía cada vez más a propósito.
La señorita Alma sacó un cigarrillo fino y lo encendió. Dio una calada y dijo en voz baja, casi para sí misma:
—Henry no es un a