Mateo lo miró fijamente, con sus ojos oscuros llenos de duda.
—¿De verdad?
—Qué pregunta... —suspiró Waylon—. Yo, Waylon, cumplo siempre mi palabra. Además, ¿para qué te iba a engañar? ¿Qué gano yo con eso?
Parecía que se le había acabado la paciencia.
Bajo la luz tenue, se le notaba la rabia en la cara.
—Conozco este lugar como la palma de mi mano y, si hace falta, hasta puedo mover gente. Sin mi ayuda, ni sueñes con encontrar a tu esposa.
Mateo no lo dudó mucho.
—Entonces, vamos.
Waylon se que