Mateo guardó el cuchillo.
Miró a Waylon, frente a él, y dijo tranquilo:
—Entonces... ¿qué? ¿Piensas ayudarme?
—¡Ja, ja, ja...!
Waylon se rio a carcajadas, como si acabara de oír el chiste del siglo.
—¿Tú de verdad crees que voy a ayudarte? ¿Por qué o qué? Bastante hago con no haberte matado cuando tuve la oportunidad.
—Ah, entonces ¿para qué sigues perdiendo el tiempo hablando conmigo? —respondió Mateo sin ninguna expresión—. Tengo prisa. Me voy.
Dicho eso, volteó para irse, confirmando una vez