Apenas Mateo terminó de hablar, Pedro dejó de fingir. Su expresión cambió al instante, mostrando su furia interna.
—¿Eso significa que no piensas devolverme a mi esposa aquí? —le preguntó.
Mateo fumó un momento del cigarrillo, miró a toda esa gente armada y sonrió tranquilo.
—No exactamente. Si no hubieras venido con tanto despliegue, quizá ya te la habría devuelto. Pero mira la escena: todas esas armas apuntándome. ¿De verdad crees que me voy a atrever a entregarla ahora? —le dijo.
Solo un idio