Pedro, cada vez más preocupado, dijo:
—¿Cómo puede ser eso posible? ¿Y si en el camino te hace algo?
—Yo solo quiero a mi esposa, igual que tú solo quieres que tu esposa esté a salvo.
Mateo habló de repente, con voz firme. Su tono era decidido y su mirada no dudaba.
Pedro lo miró a él y luego miró a Sofía. Al final, cedió.
—Está bien. Nos vemos en Valkitlaz. Si durante el camino te atreves a hacerle el más mínimo daño, voy a hacer que mueras de la peor manera posible.
Cuando vio a Pedro tan seri