El corazón me dio un salto de alegría y susurré:
—Rápido, ayúdame a desatar la cuerda.
—Sí, sí.
Luki se arrastró a tientas en la oscuridad hasta llegar a mí y tocó la cuerda que me ataba las muñecas.
Era demasiado pequeño y, además, no veía nada, así que se le hacía muy difícil desatarla; entre más lo intentaba, más nervioso se ponía.
—Mami… —estaba a punto de llorar—. Creo que dañé la cuerda… no sé cómo desatarla.
Embi dijo en voz baja:
—Luki, no te pongas nervioso. Seguro puedes.
Con una sonri