Parecía que me estaba ayudando a recuperar el aliento; me daba palmaditas suaves en la espalda, una y otra vez. Antes, Mateo también me tranquilizaba así, con paciencia y ternura.
De repente, sentí ganas de llorar. Me volteé rápido y me tiré al pecho de esa persona.
—Mateo, te extraño tanto...
Pero un segundo después, el olor de Javier me invadió y sentí un rechazo inmediato. Lo empujé con fuerza y le grité:
—¡Tú no eres Mateo! ¡Lárgate!
Javier dio unos pasos para atrás y me miró en silencio; en sus ojos oscuros solo había tristeza.
—Aurora, volvamos, ¿sí? —dijo, muy triste—. Me preocupa mucho verte así.
—¡Lárgate! ¡Prefiero morirme antes que irme contigo! ¡Vete!
Grité hasta quedarme sin voz; el cuerpo me temblaba de la rabia. Si no fuera por él, ¿cómo habría llegado mi relación con Mateo a este punto?
Javier apretó los puños. La tristeza de su mirada se fue volviendo furia absoluta:
—Lo tuyo con Mateo ya es imposible. Lo único que tienes que hacer ahora es cuidarte y tener a este niño