—¡Cállate! ¡Te dije que te calles! —grité mientras me tapaba los oídos, destrozada.
Cada palabra que salía de su boca me abría otra herida en el corazón; sentía que me estaba desangrando por dentro. Javier se quedó en silencio unos segundos, me miró y me habló en voz baja:
—Sé que estás muy preocupada por Mateo. Toma, llama a Alan y pregúntale —dijo, pasándome el celular.
No se lo quise recibir. No quería tocar nada que viniera de él. Sin decir nada, me volteé para irme, pero escuché la voz tran