La empleada terminó de hablar, con una sonrisita burlona que ni siquiera intentó ocultar. Cerré los ojos, desesperada, y grité:
—¡Lárgate!
Ella no se atrevió a quedarse más tiempo y salió rápido. Yo me acosté boca abajo y, otra vez, las lágrimas me salieron sin control. Sabía que no iba a conseguir ninguna respuesta, pero en el fondo todavía guardaba una mínima esperanza. Quería creer que entre Javier y yo no había pasado nada, que todo esto no era más que una farsa montada por él.
Pero el vesti