—¡Lárgate! —le grité entre lágrimas, totalmente destrozada—. ¡No quiero que te hagas responsable de nada! ¡Esto no debió pasar, no debió…! ¡Vete, no quiero verte, vete!
Javier siguió mirándome con esa misma calma enfermiza:
—No importa lo que digas —respondió con serenidad—. Ahora ya eres mía. Y además, tú y yo deberíamos estar juntos. Nosotros somos la pareja de verdad. Desde hoy, olvida a Mateo y quédate conmigo, ¿sí? Te juro que te voy a amar con todo mi corazón.
—¡Lárgate!
Me cubrí la cabeza