Bajé del auto.
La gran diferencia de temperatura entre el interior y el exterior me hizo estremecer.
Ajusté el cuello de mi abrigo y me quedé frente a la entrada del patio, mirando hacia adentro.
A esa hora todos estaban cenando; el aroma de la comida salía de la casa.
Escuché la risa escandalosa de Alan, y también las voces juguetonas de Embi y Luki.
Desde donde estaba, podía ver a Mateo sentado en silencio, con un libro sobre las piernas.
Tenía la mirada un poco baja, como si estuviera leyendo