El número del barco coincidía con el que Waylon me había dado.
En la cubierta no había mucha gente; solo dos o tres hombres con pinta de guardaespaldas patrullaban la zona.
Miré la hora: ya pasaban de las diez; a esas alturas, Bruno y Camila debían de estar por salir.
Con ese pensamiento, conecté el micrófono que llevaba en Carlos.
De inmediato, escuché su voz cargada de tensión:
—Camila, mejor voy contigo. No me siento tranquilo si vas sola.
—No pasa nada —respondió ella—. Solo tengo que reunir