—Ja, ja, ja… —casi me atraganté de la risa.
—Bruno, mientras tú seas feliz, ¿qué tienes que demostrarme? ¿O es que, en el fondo, no estás tan seguro y necesitas desesperadamente que alguien más te confirme lo que quieres creer?
Como si mis palabras hubieran tocado justo su herida, Bruno se quedó sin aire por un instante.
Después de un largo silencio, dijo:
—Ya voy a salir. Tú solo espera. Y otra cosa: voy a llevar el micrófono bien escondido. No por otra cosa, sino para que veas con tus propios