Sentí otra punzada de ironía en el pecho.
En Bruno veía ahora a otro Carlos. No comprendía qué encanto tenía Camila para que Carlos y Bruno se le entregaran así, ciegos y convencidos.
El jefe de los guardaespaldas no dijo más; gritó con un tono seco:
—¡Ahora!
En un instante, los cuatro hombres cargaron contra Bruno con los cuchillos en la mano.
Bruno era médico, no sabía pelear ni llevaba arma; pronto le dieron varios cortes.
En ese momento el equipo de seis llegó en auto. Me subí en él sin perd