¡Era Mateo!
Instintivamente intenté apartarme de Javier, pero él me agarró con más fuerza.
Como si lo hiciera a propósito, sonrió y dijo:
—Tonta, ¿por qué te da vergüenza? Si ya vamos a casarnos.
No respondí. Solo miré hacia Mateo.
Él estaba de pie en la puerta, con la mandíbula tensa y los puños apretados.
Su respiración era rápida, el pecho subía y bajaba con fuerza.
Cuando su mirada intensa se cruzó con la mía, un destello de odio y amargura brilló fugazmente en sus ojos.
Sin embargo, aquella