Mi padre le echó un vistazo a mi tazón y enseguida se sirvió un poco de sopa. Justo sacó un hueso con carne y me dijo, cariñoso:
—Hija, mira, estás más delgada últimamente. Come un poco más, tienes que alimentarte bien.
Dicho eso, dejó ese trozo de carne en mi tazón.
Tenía el tazón cerca de los labios cuando, de repente, el pedazo cayó dentro y salpicó el caldo. Al instante, un olor grasoso y pesado me golpeó la nariz. No pude contenerme. Dejé el tazón, me tapé la boca y corrí al baño.
—¿Qué… qu