Cerré los ojos, aparté la cara, y respondí con seriedad:
—Sí, te mentí.
—Je, je, je...
Mateo retrocedió un par de pasos. Me miró con una sonrisa tan frágil que dolía verla.
—Ya lo sabía. Tú, Aurora, nunca has dicho una sola verdad. Pero ¿por qué tenías que hacerme esto? Yo también pensé en dejarte, en abandonar esta relación. Fuiste tú la que me pidió que me quedara, la que me hizo creer que me amabas. ¿Y ahora? Justo cuando pensé que podíamos ser felices, que por fin había alcanzado la dicha… v