Por un instante, la culpa me pesó todavía más.
Entonces Alan me habló:
—Aurora, aunque no sé qué pasó esta vez entre ustedes, siento que solo tú puedes hacer entrar en razón a ese hombre. ¿Podrías bajar? Si no, me da la impresión de que de verdad se va a quedar plantado aquí.
—Está bien, bajo ya mismo.
Conocía muy bien lo terco que era Mateo. Tal como dijo Alan, si yo no bajaba a hablar con él, quizá de verdad se quedaría bajo la ventana.
A las seis y pico de la mañana, el invierno se sentía más