Mateo también me miró.
Seguía con esa mirada tan penetrante que parecía atravesarme en dos.
Sentí un tirón en el pecho, desvié la vista, apreté los dientes por el dolor en la rodilla y me acerqué como pude, tratando de no mostrar lo mal que estaba.
—Aurorita, llegas justo a tiempo, dile a Mateo... —empezó a decir mi papá.
—¡Papá, por favor! —le corté con voz firme, agarrándolo del brazo.
—Tus asuntos los hablamos después. Ahora ven conmigo.
—¡Ay, espera un momento! —dijo él, quitándome de encima