Mi papá, con una sonrisa nerviosa, dijo con prisa:
—Mateo, esta vez estoy en un proyecto grandote, solo que al principio tuvimos un poco de mala suerte y perdimos algo de dinerito.
Mira, ¿podrías prestarme tres millones dólares? Cuando empiece a generar ganancias, te doy una parte.
—¡Papá, Dios mío!
Lo miré sin poder creerlo.
¡Había perdido setecientos mil dólares y ahora le pedía tres millones a Mateo!
¿De verdad pensaba que Mateo era su cajero?
¿De dónde sacaba las agallas para pedirle tanto?