Me quedé apoyada en la mesa de piedra un buen rato, hasta que se me aclaró la vista.
Me senté en una silla, dudé un momento y al final, marqué el número de Asher.
El teléfono timbró un buen rato antes de que Asher contestara.
Se le notaba la respiración agitada, como si estuviera en algo urgente.
—Señora, ¿me llama por algo? —preguntó, apurado.
Se escuchaban ruidos confusos, gritos, incluso quejidos de dolor.
Se me encogió el corazón.
—¿Qué está pasando? ¿Dónde está Mateo? —pregunté con angustia