Mi expresión de confusión fingida pareció divertir a Mateo, porque se rio un poco.
El sonido le vibró en el pecho y me llegó a la espalda a través de la tela delgada de mi bata.
Con un tirón pequeño de los dedos, aflojó el lazo de la prenda.
Su mano cálida subió despacio por mi cintura.
—¿Jugando a hacerte la tonta? —susurró lentamente con su voz grave, que era tan peligrosa, pero tan difícil de resistir a la vez.
Cuando su aliento caliente me rozó el oído, todo mi cuerpo se estremeció.
De repen