Mateo me besó muy intensamente.
Cuando me vi en el espejo, ya no estaba sonrojada, pero mis labios seguían bien hinchados.
Yo ya no era una niña inocente.
Y eso que noté en los ojos de Javier la reconocí al instante.
Era la misma que había visto muchas veces en los de Mateo.
Apreté los labios, miré a otro lado y me acerqué a los niños.
Mateo lo miró con calma y con un tono serio, dijo:
—Javier vino a ver a mis hijos, así que te agradecería que mantuvieras la mirada donde debe estar.
Javier bajó