Me sentí tremendamente inquieta.
Me senté de golpe y encendí la luz del cuarto.
El lado de la cama de Mateo ya no tenía su calor.
Eso solo quería decir una cosa: se había ido hacía rato.
Me preocupé y me acerqué a la ventana.
En el jardín, bajo la luz tenue de los faroles, unos guardias patrullaban en silencio.
El auto que Mateo dejó esa tarde en el ala este del patio... ya no estaba.
¿Se fue?
¿A dónde podía ir a estas horas?
Cuando recordé lo extraño que estuvo en el día y sus palabras enigmáti