Por más que quisiera nunca verlo otra vez, Carlos seguía siendo mi hermano.
Y cada vez que pensaba en eso, una contradicción amarga me apretaba el corazón.
Mateo les había prometido a los niños que hoy iba a jugar con ellos algo nuevo.
Así que en cuanto terminamos el desayuno, Luki y Embi se le colgaron de los brazos, rogándole que cumpliera su palabra.
Creí que quizá Mateo tenía trabajo pendiente y me ofrecí a llevar a los niños al jardín.
Pero él me detuvo, sonriendo.
—Hoy no tengo nada urgent