—¿Le estabas diciendo algo a mi mujer? —preguntó Mateo.
—Tu mujer... —Javier tuvo que murmurar esas palabras para asimilarlas. Luego sonrió con amargura.
—No es nada... Me doy cuenta de que, por mucho que yo diga o haga, ya no sirve. Yo solo me quedo con esos recuerdos. Ustedes, en cambio, han pasado por tantas tempestades juntos. Es distinto, no es lo mismo...
Javier habló en voz baja, se dio media vuelta y, con la mirada perdida, caminó hacia el ascensor.
Mateo se quedó pensativo y siguió con