Dicho esto, caminé despacio hacia ella.
Esta vez, Camila se asustó de verdad.
Apoyó las manos en la cama y, lentamente, se fue echando hacia atrás:
—¿Qué vas a hacer? Te aviso, esto es un hospital. Si me matas, Alan y tú no se van a librar de las consecuencias.
Para ser sincera, me gustaba verla suplicándome, asustada.
Me acerqué al borde de la cama y me incliné, con una sonrisa de desprecio:
—Dime, ¿crees que las puñaladas que te va a dar Alan van a ser más profundas que las que yo te di?
Camil