De repente, un agudo grito de terror retumbó en el patio.
Era la voz de Embi.
Se me detuvo el corazón un segundo y salí corriendo sin pensarlo. En cuanto llegué a la puerta una sombra negra y enorme saltó frente a mí.
Me quedé paralizada: era un mastín tibetano. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Embi, mi Embi... Miré a mi alrededor, desesperada. El patio era un caos.
El animal era tan grande y feroz que ni los guardaespaldas se atrevían a acercarse demasiado, y solo intentaban ahuyentarlo co