Sin dejarlo terminar, le metí un bocado en la boca.
Intrigado, él me miró.
Yo agarré espaguetis con el tenedor, comí un bocado y murmuré:
—Habla menos, que me bajas el ánimo.
Él hizo mucho esfuerzo por tragar y me miró en silencio, con los labios apretados.
Volteé un poco, casi dándole la espalda, y seguí comiendo. Si no, ya se iban a echar a perder. Además, me moría de hambre. No estaba para escucharlo.
Si no quería comer, pues que no comiera. Yo no iba a insistir.
Pasó un buen rato. Yo casi