Cuando volví a abrir los ojos, el aire estaba cargado con el olor fuerte del desinfectante.
Me quedé viendo el techo claro, aturdida, sin saber por qué, pero el corazón me daba punzadas, un dolor en el pecho que no me soltaba.
Sentí algo húmedo. Me pasé la mano por la cara y descubrí que eran lágrimas.
—Aurora, despertaste.
En ese momento, una voz llena de alegría sonó a mi lado.
Volteé despacio la cara y vi a Javier.
Llevaba bata blanca; sus ojos rojos estaban completamente concentrados en mí.