La gente no paraba de entrar y salir del hospital. A un lado de la calle, vi estacionada una camioneta negra.
La reconocí de inmediato: era de Mateo.
Mi corazón dio un vuelco.
Me limpié las lágrimas y corrí hacia allí.
Él aún no se había ido, seguía esperándome. Eso significaba que todavía había una oportunidad, ¿no?
Abrí la puerta del asiento del copiloto y vi que estaba apoyado sobre el volante.
No se movía; aun así, todo su cuerpo se veía rígido. El ambiente dentro del carro era sofocante, ll