El viernes después de clases, quedamos con Milton en la playa. Él había traído el almuerzo: esta vez, eran unos emparedados de pavo, con lechuga, tomate, kétchup, mostaza, y queso. De sólo verlo no aguante y empecé a vomitar. Era una sensación espantosa, ya que no tenía nada en el estómago.
¡Beatriz! ¿Estás bien? — Preguntaba Milton, mientras sostenía mi pelo y masajeaba mi espalda.
Creo que si — dije.
Estas muy pálida, será mejor que te lleve a tu casa… — añadió, preocupado.
Puedo manejar — di