Por la mañana, logré convencer a los médicos que me dejaran visitar a mi pequeña e informarle que esa misma tarde se realizaría el trasplante, para que no se asustara.
La enfermera me llevó en una silla de ruedas hasta el cuarto de mi hija.
― Buenos días, mi cielo ― dije, mientras acariciaba su mejilla.
― Buenos días, mami ― talló sus ojitos y me miro fijamente. Examinó mi vestuario, que consistía en una bata de hospital y un camisón. Era evidente que ya no cargaba a un bebé en mi vientre y,