Los Michelson estaban seguros de que esta vez podían derrotar a Samuel Anderson. No solo confiaban en su estrategia, sino en el veneno inevitable que habían sembrado durante meses. Tenían una convicción soberbia, casi celebradora, como si la victoria estuviera escrita desde antes de comenzar la batalla.
En el imponente penthouse que funcionaba como su sala privada de reuniones estratégicas —un lugar diseñado más para intimidar que para trabajar— Camilo Michelson, el mayor y más ambicioso, observ