Después de días de lo sucedido, el ambiente en la ciudad parecía volver a su ritmo normal, pero dentro de mí algo seguía latiendo con una extraña mezcla de nerviosismo y culpa. Hoy era el día en el que debía grabar la famosa escena con David —esa maldita escena donde los dos amantes se entregaban en cuerpo y alma frente a las cámaras—.
Lo había planeado todo con precisión. Había hablado con el director, explicándole que Samuel jamás aceptaría que otro hombre me tocara, aunque fuera por trabajo.