Eva sintió el mundo girar en un segundo. Un escalofrío le recorrió la espalda y antes de que pudiera reaccionar, la mano de la mujer chocó contra su mejilla con un sonido seco que le ardió hasta el hueso. La tierra se partió en dos bajo sus pies.
—¡No tienes vergüenza alguna! —gruñó la madre de Kevin, con los ojos encendidos—. Destrozaste la vida de mi hijo y ahora te atreves a presentarte aquí como si nada.
Eva se llevó la mano a la mejilla, paladeando el dolor y la humillación que lo acompaña