Iván no podía quitarle la vista de encima. La miraba con una dulzura bárbara.
Él sabía muy bien que, como Raina se había criado nada más con su abuela, siempre le había hecho falta ese calor de hogar. Ver a las dos familias ahí reunidas, por fin en paz, le estaba llegando a lo más hondo.
Le dio un apretoncito juguetón en la palma de la mano y le susurró al oído:
—De aquí en adelante, las cosas van a ser diferentes, ya lo verás.
Raina asintió con una sonrisa. Sentía un calorcito en el pecho. Tod