Raina colgó y se fue derechito al ventanal. Se quedó ahí, con la mirada perdida en el relajo de carros que pasaban allá abajo, dándole vueltas al asunto con cara seria.
Iván se le acercó sigilosamente por la espalda, la rodeó por la cintura y recargó la barbilla en su hombro.
—¿Y entonces? —le soltó él con esa voz profunda que le erizaba la piel—. ¿Todavía te importa?
Raina sintió ese toquecito de celos y no pudo evitar soltar una risa.
—Oye, me llega un olorcito a puro celo hasta acá.
Iván le