Apenas cruzó la puerta, Raina escuchó la voz de una mujer, fuerte y decidida, que reclamaba con todo:
—¡Oye! ¿Qué te pasa? Casi se me echa encima y ni siquiera es capaz de pedir disculpas.
Enzo tenía la cara desencajada, rojo de puro coraje.
—¡Tú fuiste la que se dio la vuelta de la nada y me chocó!
—¿Yo me di la vuelta? —La mujer soltó una carcajada cargada de sarcasmo—. Llevo media hora aquí parada esperando a una amiga. ¡El que no se fija por dónde camina eres tú!
Raina frunció el ceño y se