—Señor Fonseca, ya no se dé tanto látigo. Usted no tiene la culpa de todo lo que pasó —comentó Leonardo, al ver que a su patrón se le iba oscureciendo el gesto cada vez más.
Nelson sacudió la cabeza con amargura y respondió con la voz quebrada:
—De joven cometí una estupidez tras otra, pero ahora que los años me pasan factura, entiendo que a la única mujer que amé de verdad fue a la mamá de Raina —hizo una pausa y la poca luz que quedaba en sus ojos se apagó—. Podré tener otros hijos, pero ella