La luz del pasillo era tenue, con un tono amarillento que cansaba la vista. Raina estaba parada frente a su habitación, apretando la tarjeta con fuerza entre los dedos.
De pronto, escuchó unos pasos detrás de ella. Eran pasos que conocía de memoria.
Eran los de Iván. Al final, no se aguantó y la siguió.
Raina se sentía agotada, harta de todo. Sin siquiera voltear a verlo, acercó la tarjeta al lector, pero la voz de Iván la detuvo en seco.
—Me estoy quedando en la 2807, justo enfrente de ti. Si