Era medianoche.
Raina ya estaba profundamente dormida cuando Iván salió del cuarto sin hacer ni un ruido.
Les echó una mirada pesada a los hombres que Miguel había traído.
—No quiero que entre ni una mosca —soltó Iván, seco.
—¡Descuide, señor Herrera! Aquí no pasa nadie —aseguraron los escoltas que cuidaban la puerta.
Miguel le pasó el brazo por los hombros.
—¿Todavía no confías en mi gente?
—Precisamente por confiarme de más fue que nos metieron ese gol —respondió Iván. Ya no quedaba ni rastro