Iván no mentía: de verdad llevaba más de treinta horas sin probar bocado.
Desde que salió de aquel lugar, no había hecho otra cosa que andar tras los pasos de su mujer, hasta que terminó subiéndose al primer avión para Zúrich.
Ganas de comer le sobraban, pero el nudo que traía en el estómago no lo dejaba pasar ni el agua.
Miguel llegó cargando unas bolsas y lo primero que soltó fue:
—No inventes, Iván. ¿A poco ya se acabó la buena comida allá, que te viniste hasta acá nada más por estas broche