Celia se le quedó viendo fijo a Raina, pero no hubo respuesta.
Raina, pensando que todavía estaba muerta de miedo, trató de calmarla:
—Celia... tranquila, aquí estoy.
—Ra... Ra... —intentó articular su nombre, pero las palabras no le salían.
Al ver que no podía hablar, se empezó a desesperar. El esfuerzo hizo que a sus mejillas pálidas les subiera un color encendido.
Raina le apretó la mano con fuerza:
—No te desesperes, tómalo con calma. Mírame a los ojos y dime qué necesitas.
En aquel ento