La noche estaba oscura y el viento soplaba con fuerza, pero Raina sentía, contra toda lógica, un calor extraño recorriéndole el cuerpo. Era como si un hilo de fuego le subiera lentamente por las venas, burbujeando bajo la piel.
En algún momento, sin darse cuenta, sus dedos se habían aferrado a la camisa de Iván. El ritmo de su corazón y de su respiración ya se le habían escapado de las manos.
Raina sabía mantener la compostura, pero eso no significaba que fuera inmune a perder el control.
Cuando